sábado, 23 de octubre de 2010

MI VIEJA ESTACIÓN


Hoy subí a la planta alta de la vieja estación. Aprovechando que una verja me invitaba, remonté los peldaños de granito. Arriba hallé lo que me vaticinaban: ruinas. Maravillosas ruinas. Con majestad se resiste a la desidia el entramado de la cubierta. Hay un hueco enorme en el piso, justo encima del andén y la maquinaria del reloj solo marca un tiempo pretérito. Pero la vieja estación, con su galería en los altos, no quiere sucumbir a la desmemoria.

¿Qué trenes estará evocando? Quizá el de los vagones con literas que partía antes de la medianoche para la capital. O a lo mejor, el de los coches motores Bood, una maravilla “Made in USA” puesta a competir con los ómnibus que se enseñoreaban por el Circuito Norte rumbo a La Habana.

Tal vez la terminal prefiera remontarse a la época de las silbantes máquinas de vapor: la de Gertrudis Gómez de Avellaneda y Samuel Hazard. A los años con destinos en Cienfuegos, Caibarién o Cumanayagua; Santa Clara, casi nunca.

¿Recordará el viaje de Gabriela? ¿Qué notas estaría ideando Caturla antes de seguir viaje para cumplir con sus obligaciones de juez en el pueblo vecino? ¿Le habrá susurrado algo Lorca aquella madrugada tras la despedida “oficial”? Ya sabemos cuán poco amante de lo “oficial” era el poeta. ¿Cuántos secretos guardaran estos muros? ¡Cuánto sabrán de encuentros y adioses, de pasiones y alaridos…y hasta de sangre!

La inauguraron en el año mil 882, al final de la calle Gloria, burlando a los urbanistas que defendían el trazado recto de las calzadas sagüeras. Para la “Empresa” no debía haber más pueblo que el situado frente a sus balcones. Al fondo, solo los talleres. En el siglo veinte fue objeto de una muy bien planificada ampliación para acoger las oficinas de la Cuban Central, con la estatua del Conde Moré –probablemente el primer capitalista de toda la comarca- saludando al visitante. El monumento, emplazado actualmente en la casona donde vivió Moré, fue sustituido por otro que recuerdas las acciones de la Huelga Revolucionaria del 9 de abril de 1958.

Mañach pudo concederle una elegía a la estación. Bien se fijó en el casi perfecto paralelismo de las rutas que definen a Sagua la Grande: el río y la vía férrea. Hubiera dicho el autor de “Indagación del choteo” que no es paradero de provincia este edificio. No es la casita de tejas francesas que los “Unidos” se hicieron construir en la mitad occidental de Cuba. Es la ESTACIÓN.

Hoy he vuelto, he escrutado sus rincones. Prefiero los que me vedaron en la niñez; las puertas cerradas, los ventanillos que nunca expendieron boletines, el timbre sobre uno de los vanos...Siempre me pareció pequeño el salón de espera. Prefiero el andén custodiado por estructuras de hierro finamente forjado…para aguardar futuros trenes.

En mi mente hay muchos trenes aguardando la orden de vía, siempre con la vieja estación como centro de despacho. Quizá por eso se resista a la desaparición. Comprenderá que Sagua no puede ser Sagua sin ella…ni yo tampoco.

3 comentarios:

Gino dijo...

Nunca estuve en Sagua la Grande, pero últimamente siento que la conozco un poquito, eso se lo debo a gente que como tú la describe con tanta pasión, homenajean sus rincones, sus estatuas, hablan de su gente, de su pasado y presente y levanta una copa hacia el cielo que más que brindar, invita.
Excelente texto Adrián, gracias.

Adrián Quintero Marrero dijo...

Gracias a ti. No conoces a Sagua, pero sí a Cárdenas y no existe otra ciudad con devenir tan semejante.
Esa Cárdenas, a la que una y otra vez regreso, para reencontrar amigos, o para cumplir con el encargo de otro.

Gino dijo...

Cierto, hay amigos” encargones” por ahí cerca, je je je, me gusta que sean amigos, los amigos.
Un abrazo