domingo, 10 de agosto de 2008

ESTABLECIMIENTOS COMERCIALES EN SAGUA LA GRANDE (I)

La tienda "El gran bazar", en la calle Maceo, se le sigue conociendo con el nombre antiguo

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En su página dominical de Juventud Rebelde, el periodista Ciro Bianchi contaba pormenores sobre las bodegas de La Habana. También en Sagua la Grande se usa ese término para denominar a los establecimientos expendedores víveres. Aunque en las tiendas, como también las llamamos, era posible encontrar desde un pomito de esmalte de uñas marca Gravi, al precio de veinte centavos; hasta una carguita de leña por un medio, usualmente ocurría en la Panchita, ubicada en Calzada de Cementerio Viejo esquina a Revolución.

La mayoría de las bodegas de Sagua, igual que en la capital, prestaban servicios hasta las diez o las once de la noche; horario extendido, como dirían hoy. Había muchas, prácticamente en todas las esquinas. Así lo recuerda mi madre, cuya infancia transcurrió en la hoy más apacible zona donde se hallaba el hospital Pucurull; entre las calles Máximo Gómez, Méndez Capote, General Lee y General Carrillo. Había hasta pequeñas fondas, kioscos y timbiriches prestos a servir al personal de la salud y a los pacientes del hospital.

La competencia imponía poner a funcionar las neuronas con tal de abrirse paso. Los propietarios trataban de distinguirse por la oferta de algún producto en particular. Por ejemplo, en la bodega de Gonzalo de Quesada y Revolución; el dueño, Prieto, ofertaba batidos de las más variadas frutas a toda hora.

Hoy cuesta trabajo rememorar los nombres completos de los propietarios de establecimientos comerciales. Ni siquiera el capítulo que le dedica a Sagua el magazín del periódico La Lucha, en 1925, nos permite hallarlos. A veces tan sólo aparecen apellidos o, en el peor de los casos, la dirección de los comercios.

En el caso de las tiendas de los chinos, diseminadas más allá de Cocosolo, el barrio donde se estableció la mayor parte de los inmigrantes asiáticos, no importaba que el apellido del dueño fuera Chan, Ling Long o Lam. Se aludía a “la bodega del chino”, lo mismo en Villa alegre que en San Juan.

En el directorio de “La Lucha” aparecen registradas unas 130 bodegas, incluidas no solo las de la ciudad, sino también las de Sitiecito y otros barrios. En el mismo documento resulta curioso hallar denominaciones de establecimientos nada comunes para la generación actual; como las de tren de lavado, tienda de leche, sastrería, venta de cigarros y tabaco, casa de huéspedes y alquiler de bicicletas.

En el caso de las farmacias, aparecen doce. Muy conocida era del doctor Enrique Canut, cuyo edificio con adornos art noveau añadidos al comenzar el siglo XX, subsiste en la intersección de Maceo y Colón. Allí trabajó como ayudante el pintor Wifredo Lam, cuando aún no había perdido la ele de Wilfredo. Se encuentra activa en la actualidad con parte del mobiliario original, la de Felipe Esparza, en Céspedes y Padre Varela. Sin embargo, ya no se recuerda con el nombre de su propietario. En ese sentido corrieron mejor suerte las visitadas farmacias Gil y Tejerina, en Martí y Carmen Ribalta, respectivamente.

Hay viejos nombres que perduran a veces no se sabe ni por qué razón. En cambio, otros caen en el olvido. Por ejemplo, el bar-cafetería Titina todo el mundo prefiere llamarlo así ignorando -por suerte- la poco sagüera denominación de “La Giraldilla” con que fue rebautizado hace unos años.

Parece que los nativos de la región fueron muy dados a cambiar los nombres de las cosas. Menuda polémica sostuvieron diversos intelectuales de la localidad cuando, a principios del siglo pasado, se propusieron nombres nuevos para calles y plazas. Era justo honrar a los patriotas, pero -como planteó en aquel momento Antonio Miguel Alcover, no debía ignorarse el honroso aporte tributado al progreso de Sagua por extranjeros como Joaquín Fernández Casariego. Su nombre fue borrado para siempre de una calle, e irónicamente sucedió algo parecido años después con la calle General Lee que, oficialmente, lleva el nombre del propio historiador y nadie la llama Antonio Miguel Alcover.

Pero volvamos a los establecimientos comerciales: Como la “Finca Lloviznita”, que supongo debió ser sólo el mote del propietario, se conoció a una instalación resguardada tras los árboles en las afueras de la ciudad que distaba mucho de ofrecer recreación sana al estilo del Campismo Popular. Los adúlteros y las “mujeres malas” hallaban resguardo en tan bucólico entorno. Pero “Reservados”, como se le llamaba a los establecimientos protegidos de las miradas indiscretas, había varios incluso en el centro de la ciudad, como el “Mogambo”, ubicado en la planta baja del edificio que en la actualidad acoge al comité municipal del Partido.

Era dinámica y también mundana la vida comercial de aquella Sagua de la República, que también poseía elegantes cafés y hoteles. Pero de ellos le contaré en una próxima entrega.

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1 comentario:

Pablo Palma Leal dijo...

Este trabajo histórico que estás haciendo a escala popular es muy bueno. Estáte seguro de continuarlo, porque hay muchos que te lo agradecen y te lo agradecerán en el futuro. Tu estilo muy personal hace que recorramos contigo los rincones de tu querida Sagua la Grande. Felicidades por salvaguardar el pasado.